Clara, no me mires así, no puedo hacer nada. Esto es cosa vuestra. Además, me das envidia, nunca he tenido un admirador secreto.
No pude evitarlo y acabé riendo con ella de manera estruendosa. Cuando me quise dar cuenta, casi llegaba tarde al trabajo y salí precipitadamente del establecimiento, no sin antes haberme despedido de ella.
El día transcurrió sin muchas complicaciones y, una vez hube terminado de trabajar, fui al supermercado a por comida. Cuando estaba en el portal me choqué con un chico que venía corriendo y me desparramó todas mis cosas en el suelo.
-¡Eh! ¿Podrías al menos disculparte? -Estaba muy indignada, ni siquiera se había molestado en girarse. Menudo cretino. Recogí la compra y me fui a casa, soltando una maldición por lo bajo al ver que se había roto la caja de huevos.
Al día siguiente no fui a trabajar porque tenía el día libre, pero sí que me pasé por la cafetería a por mi café, pero esta vez me senté en una de las mesas y pedí unas galletas de chocolate para acompañarlo.
-¿Hoy no trabajas, Clara?
-No, me han dado el día libre.
-Eso es genial, ¿te apetece más café? -asentí, y le tendí la taza vacía con una sonrisa.
Mientras me traía el café, me dediqué a observar el local. Casi nunca tenía oportunidad de sentarme y disfrutar de un buen desayuno a causa de mi trabajo. Estaba lleno, había parejas, personas leyendo el periódico o simplemente personas solas desayunando. Me fijé en una chica que había entrado en el local y buscaba una mesa libre, pero no quedaban. Como yo estaba sola, le enseñé con la mano el sitio que tenía libre. La chica se sonrojó y con la cabeza gacha se acercó al sitio de mi derecha.
-Gracias -lo dijo tan bajito que apenas pude escucharlo, pero le di una sonrisa de oreja a oreja. Tenía el pelo negro muy corto, con un aire de femme fatale. Era una chica muy bonita, tendría mi edad más o menos.
-Soy Clara, un placer, y no es nada, así estoy menos sola.
-Yo me llamo Julia, igualmente. -Su sonrojo cada vez se hacía más notable y a mí me parecía adorable.
-¿Vienes mucho por aquí? Quiero decir, nunca te había visto.
-En realidad vengo todos los días, solo que vengo mucho más temprano, cuando el sitio está más vacío, pero hoy me he quedado dormida y no he podido llegar antes.
-Entonces creo que me puedes ayudar en una cosa. Verás, hace unos meses que hay un chico que me envía flores en papel y unas notas preciosas, y creo que me gusta mucho -dije notablemente sonrojada-. El caso es que llevo mucho mucho intentando averiguar quién es, pero nunca consigo ni una sola pista, y como decías que tú sueles venir temprano, he pensado que podrías saber de quién se trata.
-Yo... No, no sé quien es. Pero si no ha querido decírtelo será por una buena razón, ¿no crees?
-Puede ser, pero no quiero seguir así. Necesito saberlo. No sé por qué, pero tengo que hacerlo.
-Lo siento, pero no puedo ayudarte, nunca me he fijado.
El resto de la mañana Julia parecía incómoda, así que se fue en cuanto terminó su café.
"He visto que intentas averiguar quién soy, y no es de extrañar. Pero te agradecería que no lo intentaras más. Desearía mantener mi identidad en secreto. Quiero seguir viendo esa sonrisa tuya cada vez que lees mis cartas, y si averiguaras quién soy, dejaría de verlas porque seguramente te repugnaría. Con cariño, alguien que prefiere mantenerse en el anonimato".
Con esta última carta que me llegó ayer por la mañana mi curiosidad fue en aumento, y se me ocurrió dejarle yo una nota al chico misterioso. Por eso me levanté más temprano de lo normal y, haciendo acopio del poco valor que tenía en esos momentos, bajé a la cafetería para dejarle mi nota a ese misterioso chico. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí a Julia entregándole una flor de papel rosa a Luisa. Creo que hasta me quedé con la boca abierta. Cuando se percataron de mi presencia, yo ya había salido corriendo. No lo podía creer. El chico del que había estado enamorada todos estos meses resultaba ser una chica. ¡Una chica! Pero, ¿eso realmente me importaba? Decidí averiguarlo y corrí con todas mis fuerzas hasta llegar a la cafetería, donde me encontré a Julia llorando en una silla con Luisa abrazándola por la espalda. Cuando me vieron entrar, las dos se levantaron de golpe. Vi cómo intentaba limpiarse las lágrimas y se tapaba con el pelo. Pero corrí hacia ellas y, sorprendiéndome a mí misma casi tanto como a ella, la besé. ¿Lo mejor de todo? Fue el mejor beso de mi vida. Y quizás por eso estamos ahora aquí, contigo, contándote cómo nos conocimos tu madre y yo.